La minería chilena se organiza en torno al cobre —Chile es el primer productor mundial— y se extiende al litio, el oro, la plata, el hierro y el molibdeno. Abarca operación de rajo y subterránea, plantas concentradoras y de fundición, mantenimiento de flota y un ecosistema de empresas proveedoras de tecnología y servicios, concentrado en Antofagasta, Atacama y la macrozona centro.
Es la mayor industria exportadora del país y pesó 13,1% del PIB nacional en 2025 medido a precios corrientes, sobre el 11,9% de 2024. Sus exportaciones sumaron US$63 mil millones, el 59% del total nacional, con un aporte fiscal cercano a US$7.400 millones. Su dotación directa promedió 305 mil personas, el nivel más alto en al menos quince años, y la fuerza laboral de la gran minería casi se duplicó entre 2016 y 2024, de 105 mil a 209 mil trabajadores.
El desafío dejó de ser de volumen y pasó a ser de recambio: la industria proyecta 36.895 incorporaciones hasta 2034, y el 87,4% de esa demanda responde al retiro de trabajadores con experiencia crítica. En paralelo, la operación se digitaliza —la flota de camiones autónomos podría pasar de 178 a 550 unidades en la década— y emergen perfiles que la minería tradicional no formaba: ciberseguridad industrial, mantenimiento predictivo, centros integrados de operaciones.